
Era otro sábado más del calendario, de esos comunes que le anteceden a un número en color rojo que te insinúa que puede o no ser tu noche, mientras tanto yo vivía una complicada relación a distancia - de esas en las que te das un tiempo sin compromisos de pareja de por medio-, promediando las veintitrés horas y ya tacleado en las cuatro letras luego de las clásicas excusas como que el celular no tiene batería o que el hermano menor podía despertar en el silencio de la noche, yo frente a la computadora me excorcizaba de sapos y culebras enyagando mis dedos con burlas colectivas junto a mi antisocial grupo de amiguitos verdes; de pronto un suceso inesperado, el vibrador de mi celular anunciaba un mensaje nuevo en la bandeja, sospeché sería alguna promoción de aquellas con las que Telefónica no duda en despertarnos hasta del sueño mas tibio en el más remiso de los horarios, absolví mi duda quince minutos más tarde, un número desconocido para mi memoria iniciaba con código 96, “¡Código de Piura¡” me dije, “Soy Mariela, toy n Trujiyo, pa un Congres, sta night iremos a un point q se iama TRIBUTO, anda ps…ah¡ m kito con la Chio” me dijo el mensaje a mí, “¡Genial¡” le dije yo al mensaje; solo me puse una saco del color de mis zapatitos –marrones-, me arreglé las hebras del cabello, me cambie de lentes y también -claro está- de ropa interior; ya en la puerta del edificio el taxista me preguntaba “¿A donde lo llevo caballero?”, “A la gloria señor”; Rocío estudió sus primeros ciclos de Derecho en Trujillo, fuimos buenos compañeros, y por unas semanas algo más, no era muy atractiva que digamos, tenía algo raro en su andar, caminaba como si tuviese aún el planchador en la blusa y ni que decir de su mirada estrábica –sin saberlo, la juzgaba por mirar a otros chicos mientras charlábamos, ¡pobre!- ni de su tercer dedo del pie derecho -era tan grande en comparación de los demás que hacía de su pie un gesto obsceno, odiaba verla en sandalias-, pero en desmedro de lo vilmente mencionado –me desprecio por ello, pero atiende a fines narrativos-, su figura parecía recortada de una revista, y enfatizo por si quedó duda alguna, ¡de una revista!; agregado a lo anterior habría que mencionar que despertar con Rocío por la mañana era tan fácil como la tabla del uno, como que Alán haga subir los precios, o como ganarle a Perú en las Eliminatorias, esa era mi noche y no la desaprovecharía por nada de este Mundo, así tuviese que ir en contra de sus reglas; había que entender que estaba en veda y no soportaba más estar tan duro como la lengua de un muerto o tan tieso como la pieza de un preso, piensen en eso, no se puede vivir en el interior con algo tan espeso; ya en la puerta del local, el DJ programó a ZZ Top y su arrogante La Grange –para pedir misericordias-, mi ingreso no podía ser mejor -por un segundo me sentí como Fonsi -, Mariela me saludó desde su asiento, Rocío se puso de pie y con un fuerte abrazo me regaló su calor que azuzó rápidamente el mío, no tardando en lograr hacerme ebullir por las orejas; entre nosotros existía química, existía atracción, sabía bien que esa noche la naturaleza haría los demás; durante la velada charlamos como nunca y nos toqueteamos bajo la mesa como siempre, la música era genial y no invitaba a mostrar la torpe danza de mis zapatitos marrones; tequilas van, pellizcones vienen, y ya era el momento de la proposición, “¿Te gustaría ir a un sitio más cómodo?” le pregunté, “Adónde tu me lleves” me respondió, “¡Taxi!” yo grité, ella río, y en cinco minutos estaríamos en mi pensión; llegamos a la Lote 19 de la Manzana Q –ayy mi vieja pensión-, ya en las escaleras que nos llevarían al tercer piso y también a la gloria –dije que ahí iría-, como todo buen caballero le cedí el paso –viejo truco- y acompañé su ascenso desde posición privilegiada –sentí otra vez por mis orejas ebullir-, al llegar a la habitación no podía sacar aún de mi cabeza a ZZ Top, así que los busqué velozmente en el ordenador mientras Rocío se ponía cómoda, colgué también el saco y prendí una vela, ahora sí, ya todo estaba listo; ella se contagió fácilmente por el ritmo de la música e inoculada de delirio me puso frente a ella, acarició fuertemente con su mano izquierda mis testes y luego con la derecha me empujó hacia la cama, como una leona rozó su abultado pecho desde mis rodillas hasta mi rostro para luego regalarme junto a su lengua un beso que sintió hasta mi garganta, ahora era mi turno, me abalancé sobre ella y sentí como la ropa estorbaba, me quité la camisa, ella la blusa y juntos así la poca vergüenza, volví a besarla en los labios, luego en el cuello, mordisquee sus pechos aún cubiertos y me detuve a jugar con su ombligo, cuando intenté trazar un caminito más hacia el sur, me sentí de pronto atado a ella y con esa atadura una presión en el cuello, era mi cadena de oro, su dije con forma de letra se había atorado en la presilla delantera de su brasier, la cadena fue el regalo de mi novia en nuestro segundo aniversario y el dije en nuestro tercero, la primera letra de su nombre se hizo notar en la cama y su nombre completo en mi cabeza, entonces me puse de pie y le pedí a Rocío que sería mejor que se marchara, “No es por ti, ni por mí, es por ella y si bien nos hemos dado un tiempo, no me parece justo”, Rocío se quedó en silencio, acomodó su blusa y se dirigió a la puerta, al cerrarla en el mutismo del pasillo se le oyó decir “le dije a Mariella que mejor llamase a Rodrigo”; a veces las leyes de la química o de la física no bastan, existen también las leyes de la conciencia que son las que verdaderamente dictan nuestros actos, esa noche no conocí la gloria, pero en la sensación de no culpa reside algo muy parecido; si bien a las dos semanas siguientes de lo narrado líneas arriba, la señorita del dije terminó conmigo por correo electrónico pues ya llevaba un mes saliendo con otro joven –que era por la distancia y esas cosas, me argumentó- y por correo postal tuve yo que enviarle la dorada cadenita y su respectivo dije –que solo ella lo usaría, me juró-, nada ha hecho que recuerde mi decisión con pesar; “los arrepentimientos son reflexiones para después de la muerte” es el apotegma que heredé de mi padre, aunque algunas veces a causa de este tópico, me provoca estar muerto, al menos por un segundo y así poderme excusar.



