
A pesar de que en los últimos días mi mente ha estado más cansada que mi cuerpo, me supe dar unos minutos para postear una emoción temporal titulada “Se brusca amiga”, así se pasaron los días y para ser sincero ya hasta había olvidado mis veces de aprendiz de Blogger, hasta que esta tarde un mensaje de texto (sin remitente) me lo haría recordar. En sencillo enunciado me preguntaba: ¿Para quién escribe Carlos M.?
Fue entonces que por primera vez me pregunté por quien escribo, y antes de ello si es que por alguien escribo yo. Hace mucho cuando coqueteaba de incendiario quise compartir con Galeano el escribir para “los de abajo, para los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia” pero fue también hace mucho que a mi idealismo le supo ganar la nostalgia, luego muy “adanielado” empecé solo a escribir cantos para quien sabe mi mentira y mi verdad, para terminar como André Gide -tan modesto como heterosexual- solo escribiendo para que me lean. Pero en este instante, tan conexo a la llegada del mensaje, ¿Para quién escribe Carlos M.?
Aún de tarde entre tanta pregunta y entre tan poca respuesta, Nadia como una luz buscó a mi puerta, entró a la habitación, calzó mis zapatillas rojas y ya vestida con un tutú negro y una preciosa vincha azul, como una luz salió. Yo, ya hastiado de mis divagaciones y tan curioso como un gato, decidí con sigilo seguir sus pasos y con ellos a los dos microbuses que luego Nadia tomó. Ambos ignorábamos que tendríamos una cita y mucho menos que nuestra cita sería en el teatrín Grau. Faltaban cinco minutos para las siete de la noche y en la cuadra veintitrés de la avenida Grau el paso cancino de dos ancianas contrastaban con el vértigo de la ciudad, paradas frente al viejo teatrín no supe si les ganó el frío o talvez la curiosidad, pero ambas pagaron sus tickets para platea central. En martes de parodia (para mi total soprepresa y desazón), las dos ancianas y yo fuimos el total de espectadores, Nadia (en papel principal) y sus tres compañeros, el montaje teatral. Pero en aquella presentación, mientras Nadia ignoraba mi presencia en el teatrín, y a pesar de que en prorrata los tickets pagados por las dos octogenarias y yo podrían quizá no cubrir ni el costo del maquillaje ni el de los dos boletos de microbús que para llegar al teatrín Nadia tuvo que pagar, ella brindó una sobresaliente actuación y al final de la obra mis manos su más ensordecedor aplauso. Así y con el cerrar del telón se cerró también en mi una gran duda.
Ya de madrugada enciendo cigarrillos con las colillas de anteriores, escribo estas líneas y releo el mensaje de texto que me reza como un aporreo de tambor: ¿Para quién escribe Carlos M.?
En voz baja le respondo, Carlos M. escribe para los ojos mudos y los labios ciegos. Carlos M. escribe para quien nunca le lee y hoy ni le escucha, y también para ti. Amén.